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“Del pronóstico al radar: construir negocios turísticos flexibles frente a la incertidumbre global.”

Menos predicción, más preparación: cómo construir un negocio turístico que resista la incertidumbre

Claudina González (especialista sectorial, BID)

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Publicado por ConnectAmericas

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En turismo, el cambio no es la excepción: es la regla. Eventos sanitarios, conflictos geopolíticos, alteraciones en la conectividad o incluso cambios súbitos en los costos y tiempos de viaje pueden transformar el escenario en cuestión de semanas. En este contexto, insistir en adivinar el futuro resulta cada vez menos útil. La verdadera ventaja ya no está en prever con precisión, sino en estar mejor preparados para reaccionar. 

Es cuando surge un cambio de enfoque fundamental: pasar del pronóstico al radar. En lugar de construir estrategias dependientes de escenarios esperados, se trata de diseñar negocios capaces de funcionar bajo múltiples condiciones, con la flexibilidad suficiente para ajustarse cuando el entorno cambia.

 

Este artículo reúne algunos de los principales aprendizajes de la primera sesión del ciclo “El turismo en transformación: resiliencia, mercados y sostenibilidad”, organizado por ConnectAmericas. Si quieres profundizar en estos temas, conocer más herramientas y escuchar las experiencias compartidas por los especialistas, te invitamos a ver la sesión completa y seguir aprendiendo sobre cómo preparar tu negocio para los desafíos que están transformando el turismo.

Un cambio de lógica: de anticipar a adaptarse

Durante mucho tiempo y todavía hoy, las decisiones en el sector turístico se apoyaron y apoyan en tendencias. Estas siguen siendo herramientas valiosas, especialmente en el corto plazo, porque ayudan a ordenar la información y detectar señales emergentes. Descubrir nuevas necesidades en la demanda con la posibilidad de generar experiencias innovadoras desde la empresa turística. Sin embargo, los últimos años han dejado en evidencia sus límites. Cuando irrumpen shocks inesperados (como crisis climáticas, sanitarias o políticas), las proyecciones pierden capacidad explicativa. 

 

Por eso, la pregunta estratégica cambia. Ya no es “¿qué va a pasar?”, sino “¿qué estoy haciendo hoy para no quedar expuesto mañana?”. Este giro implica asumir que la incertidumbre no puede eliminarse, pero sí gestionarse más proactivamente.

La base que sostiene todo: calidad, sostenibilidad y competitividad

Frente a este nuevo escenario, la solidez del negocio turístico se construye desde adentro. Dependerá claramente del contexto, pero también de las capacidades internas, esas sobre las que sí se tiene control y capacidad de agencia. En ese sentido, hay tres pilares que funcionan como anclas estables: la calidad, la sostenibilidad y la competitividad. 

 

Elaboración propia (BID)

 

La calidad, en este marco, deja de ser una aspiración para convertirse en un sistema de gestión. Es la consistencia entre la promesa y el servicio que se entrega al cliente, el estándar que se repite y la reputación que se consolida. En entornos volátiles, esto adquiere aún más valor, porque lo que el cliente busca no es solo una experiencia, sino previsibilidad. Sostener calidad contribuye a reducir la fricción y la incertidumbre, lo que se vuelve parte central del producto.

La sostenibilidad, por su parte, incluye una dimensión ambiental y social, pero también (y de manera crítica) una dimensión financiera. En turismo, los ciclos de demanda son irregulares y los shocks pueden afectar la ocupación o las reservas rápidamente. Por eso, la capacidad de gestionar caja, adaptarse a la estacionalidad y sobrevivir a períodos bajos es tan estratégica como atraer clientes. Sin esa resiliencia, cualquier plan de crecimiento queda en segundo plano. La caja es lo que sostiene que la MIPYME turística pueda elaborar una estrategia. 

La competitividad completa la tríada. No se trata simplemente de ser más barato, sino de ser capaz de capturar valor de manera sostenida. Esto incluye mejoras en la productividad, diferenciación del producto, conectividad comercial y eficiencia en la distribución comercial. En tiempos de volatilidad, además, la competitividad incorpora una nueva dimensión: la capacidad de reconfigurar la propuesta según cambian las condiciones del mercado.

 

Qué significa realmente ser competitivo

Para entender mejor este último concepto, es útil recurrir a una mirada más estructural. El trabajo de Romo Murillo y Abdel Musik destaca que la competitividad es un término complejo y frecuentemente mal interpretado, que va mucho más allá de la simple capacidad de vender o competir en precio. (Abdel Musik y Romo Murillo, 2004)

Desde esta perspectiva, la competitividad está vinculada a la capacidad de transformar recursos en bienes y servicios con mayor valor, a través de procesos eficientes, tecnología y habilidades organizacionales. Esto implica que no depende solamente de los costos (lo que tradicionalmente se conoce como ventaja comparativa), sino de cómo una empresa utiliza esos recursos para generar diferenciación y productividad, es decir, su ventaja competitiva. 

Además, el enfoque plantea que la competitividad se construye en distintos niveles simultáneamente: la empresa, la industria (en nuestro caso, el sector turístico), la región y el país. Todos estos niveles concéntricos interactúan y condicionan el desempeño del negocio. Sin embargo, la empresa permanece en el centro, ya que es el actor que finalmente convierte esas condiciones en resultados concretos. 

Este marco ayuda a entender por qué, en turismo, no alcanza con reaccionar al entorno: la verdadera competitividad se construye fortaleciendo capacidades internas que permitan operar mejor en distintos escenarios.

 

El nuevo contexto: volatilidad permanente

Cuando se observa el entorno actual, aparece una idea clara: la disrupción dejó de ser un evento aislado para convertirse en una condición estructural. 

Fuente: Flightradar.24.com 

Las tensiones geopolíticas, los cambios en la conectividad aérea y el aumento de los costos de viaje están redefiniendo la forma en que las personas viajan. Los trayectos son más largos y las crisis pueden tender a hacerlos más caros y, sobre todo, más inciertos. Como consecuencia, la demanda se ajusta: los viajes pueden volverse más cortos, más regionales y sensibles al riesgo. 

En este nuevo contexto, la percepción del cliente también cambia. Ya no se trata solo de elegir un destino atractivo, sino de minimizar la incertidumbre asociada al viaje completo.

Es interesante remarcar el rol de los seguros en turismo, que se está redefiniendo rápidamente. Según datos recientes provistos Cara Morton de Zurich Insurance en el marco del Foro de Davos 2026, una proporción significativa de las asistencias en viaje ya no responde a incidentes médicos tradicionales, sino a eventos más complejos vinculados al entorno global: Uno de cada cinco viajeros (20%) experimentó en 2025 incidentes relacionados con desastres naturales, tensiones geopolíticas o situaciones de inestabilidad social. Esto refleja un desplazamiento estructural del riesgo: los seguros dejan de ser un “respaldo sanitario” para convertirse en una herramienta integral de gestión de incertidumbre, capaz de cubrir cancelaciones, evacuaciones, interrupciones logísticas y asistencia en contextos de crisis. En ese sentido, el seguro se integra cada vez más al producto turístico mismo, como un componente clave para ofrecer lo que hoy el cliente valora más: previsibilidad y tranquilidad en un entorno volátil. Para las pequeñas y medianas empresas turísticas, este dato no es menor: implica que el seguro deja de ser un costo adicional o una recomendación puntual para el cliente, y pasa a ser una herramienta estratégica del negocio. En un escenario donde la incertidumbre afecta la decisión de viaje, las MIPYME pueden integrar soluciones de seguros (cobertura ante cancelaciones, flexibilidad, asistencia en crisis o apoyo logístico) como parte de su propuesta de valor. Esto no solo protege al viajero, sino que también reduce el riesgo operativo del propio emprendimiento, mejora la confianza del cliente y permite sostener la demanda en contextos volátiles. La tranquilidad del cliente es cada vez más determinante.

 

El producto es el destino y las experiencias. Y también la estabilidad asociada al viaje

Este cambio en la demanda redefine el producto turístico. Hoy, el cliente no compra únicamente una experiencia en destino, sino la tranquilidad de todo el proceso.

La estabilidad del trayecto (desde la planificación hasta el regreso) se vuelve parte esencial del valor. Esto implica ofrecer claridad en la información, flexibilidad en las condiciones, rapidez en las respuestas y soluciones ante imprevistos. 

En otras palabras, en un mundo volátil, competir también es reducir la ansiedad del viajero brindándole información oportuna antes y durante su viaje. La confianza pasa a ser un diferencial tan relevante como la propuesta de valor tradicional.

 

El radar: una forma distinta de gestionar

Si el entorno no puede predecirse con precisión, entonces la clave está en monitorearlo de manera constante. Aquí aparece el concepto de “radar”: un sistema simple de observación que permite detectar cambios y ajustar decisiones antes de que sea demasiado tarde. 

Este radar no requiere sofisticación extrema. Se basa en señales concretas e información que se obtiene de la propia operación cotidiana del negocio. El valor del radar no está en anticipar el futuro con exactitud, sino en habilitar ajustes continuos. Es una herramienta para decidir mejor, no para adivinar.

Un radar MIPYME mínimo: 6 señales para decidir cada semana

Para gestionar un negocio turístico en un entorno incierto, no hace falta complejidad: hace falta claridad. Un radar simple, sostenido en pocas señales bien elegidas, permite leer lo que está pasando en tiempo real y tomar decisiones concretas cada semana. Para una MIPYME turística, puede organizarse en seis dimensiones clave, cada una con implicancias directas en la operación.

  1. La demanda, que funciona como el indicador más inmediato del pulso del mercado. No alcanza con contar consultas: es igual de importante observar cuántas se convierten en reservas y con cuánta anticipación se realizan. Cuando la anticipación se acorta (por ejemplo, pasar de reservas a 30 días a reservas a una semana) suele ser una señal de mayor incertidumbre en el cliente. O de un cambio en los mercados (larga distancia por cercanía). Puede ser necesario flexibilizar condiciones, simplificar la propuesta o reforzar la comunicación para reducir dudas.

  2. La segunda señal es la conectividad, es decir, qué tan fácil resulta llegar al destino. Cambios en vuelos, buses, frecuencias o tiempos de traslado impactan directamente en la demanda. Por ejemplo, una reducción de vuelos internacionales puede traducirse en menos turistas de larga distancia y más peso del mercado regional. Cuando llegar se vuelve más difícil o costoso, el negocio tiene que compensarlo con mayor valor: estadías mejor diseñadas, propuestas más completas o experiencias que justifiquen el desplazamiento.

  3. El costo total del viaje, más allá del precio del propio servicio. Lo que importa es cómo lo percibe el cliente. Si empiezan a aparecer comentarios como “está caro viajar” o si disminuyen las estadías largas, es una señal clara de ajuste en el comportamiento. En esos casos, funcionan mejor alternativas que ayuden a controlar el gasto, posiblemente paquetes cerrados, propuestas inclusivas de varios servicios o estadías más cortas pero intensivas (por ejemplo, 2 o 3 noches bien estructuradas).

  4. Riesgo y confianza, una dimensión que ha ganado mucho peso reciente. Se expresa en preguntas sobre cancelaciones, seguros o condiciones de cambio. Si aumentan las consultas de este tipo (por ejemplo, “¿puedo modificar sin costo?” o “¿qué pasa si no puedo viajar?”), el mensaje es claro: el cliente necesita certidumbre. Allí, la respuesta pasa por políticas claras, flexibilidad visible y, cuando es posible, integrar soluciones de asistencia o seguros que transmitan tranquilidad.

  5. La calidad percibida por el cliente. No es abstracta: se refleja en reseñas, comentarios repetidos y reclamos frecuentes. Si varios clientes mencionan lo mismo (por ejemplo, demoras en el check-in o falta de claridad en la información), eso señala un punto de mejora inmediato (ajustes en el proceso, capacitación). En un entorno incierto, la calidad cumple un rol clave: reduce la desconfianza y aumenta la probabilidad de que el cliente reserve.

  6. Por último, la sexta señal es la caja (implica atención a la estacionalidad). Define la capacidad real de sostener el negocio en el tiempo. No alcanza con tener demanda: hay que mirar el flujo de efectivo, las cancelaciones, los costos fijos y la ocupación futura. Si se proyecta una baja ocupación en los próximos meses, es momento de activar preventas, ajustar costos o diseñar promociones específicas. La resiliencia no está solo en cómo se aprovechan los picos de demanda, sino en cómo se atraviesan los valles sin desordenar el negocio.

En conjunto, estas seis señales habilitan una lectura práctica y accionable. El objetivo es usarlas para decidir: pequeños ajustes, semana a semana, que mantienen al negocio alineado con lo que está pasando. Ese es el verdadero valor del radar: no anticipar el futuro con precisión, sino evitar quedar fuera de lugar cuando el contexto cambie.

 

Una nueva definición de negocio sostenible y resiliente

Lo anteriormente expuesto redefine qué significa tener éxito en turismo. Ya no se trata de acertar el escenario, sino de construir un negocio capaz de sostenerse en escenarios diversos.

Un negocio robusto es aquel que combina una base interna sólida (calidad, sostenibilidad y competitividad) con una lectura constante del entorno. Es el que toma decisiones pequeñas pero frecuentes, ajustándose en el camino en lugar de depender de un plan rígido o esperar a que el mercado y la urgencia obligue a tomar acción.

En definitiva, el cambio de paradigma es claro. En un sector donde el futuro es cada vez menos predecible, la ventaja no está en saber qué va a pasar, sino en estar listo para cuando pase.

El ecosistema turístico en ConnectAmericas

ConnectAmericas, la plataforma empresarial del BID, reúne hoy a más de 4.400 empresas turísticas de la región. El ecosistema está compuesto mayoritariamente por micro y pequeñas empresas: el 70,5% tiene entre 1 y 9 empleados y el 22,3% entre 10 y 49. 

Un rasgo distintivo es el fuerte liderazgo femenino, con el 55,7% de las empresas lideradas por mujeres. En materia de comercio internacional, el 8,1% de las empresas exporta sus servicios a otros mercados. Geográficamente, el ecosistema está liderado por Colombia, que concentra el 55,8% de las empresas registradas, seguida por Perú (6,4%), Brasil (5,3%), Ecuador (4,9%), México (3,9%) y Bolivia (3,7%). 

En cuanto a su composición, el 88,1% son empresas de turismo y viajes en sentido estricto (agencias, operadores, alojamiento y transporte), mientras que el 11,9% restante corresponde a industrias complementarias que también integran la cadena de valor turística: educación, TIC y otros servicios (4,5%), servicios de negocios (3,2%), gastronomía (3,0%) y distribución y transporte (1,2%).

 

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BIBLIOGRAFÍA

Abdel Musik, G., & Romo Murillo, D. (2004). Sobre el concepto de competitividad (Documento de Trabajo DTEC 04-01). Centro de Estudios de Competitividad, ITAM.

 

World Economic Forum. (2026, enero 21). Experiencing the world. En World Economic Forum Annual Meeting 2026. https://www.weforum.org/meetings/world-economic-forum-annual-meeting-2026/sessions/experiencing-the-world/

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